¡Ni una menos! ¡Ya no más!

     No es porque fueran turistas: las asesinaron por ser MUJERES. Porque alguien dispuso sobre sus cuerpos y sus vidas y pensó “que podía hacerlo”, como si se tratara de arrugar una hoja de papel o una lata.

     No es la “imagen” del país y el impacto en la economía: es porque estaban vivas, porque si no se hubieran topado a sus asesinos lo más probable es que ahorita estuvieran –como usted- respirando. Con todo lo sencillo y lo complejo que “estoy vivo o viva” puede implicar. Usted puede decirlo. Ellas ya no.

     Si las preguntas son ¿cómo nos va a percibir el resto del mundo?, ¿cómo estaba vestida?, ¿había hablado con él?, ¿por qué no se separó antes?, ¿por qué andaba sola?; estamos haciendo las preguntas incorrectas y justificando a los asesinos. Lo que soy yo, zafo de ser su cómplice.

     Soy mujer, tengo 30 años. Ya no sé cuántas veces me han acosado en la calle. He tenido que denunciar hostigamiento sexual en espacios que se suponía eran seguros, por parte de personas que debían protegerme. Sé lo que es sentir miedo y pensar a dónde debería golpear a un tipo si tengo que defenderme, cada vez que regreso sola a la casa y no veo a mucha gente alrededor: “- ¿alcanzará colocarme las llaves entre los dedos?, ¿si me defiendo y se enoja?”

     Soy adulta -30 años- y a esta edad mi mamá no puede estar tranquila cuando no he llegado y pasan de las 10PM. ¿Y cómo me puedo enojar con ella? Cómo cuando hace unos días fue Carla…y antes Arantxa, Gerardita, Cassandra, Sonia María, Mariana, Karen, Rita, Maritza, Kimberly, María Paula, María Trinidad… ¿Qué diferencia hace que cualquiera de estos días pudiera leerse “Beatriz”? ¿Y por qué no? Si al igual que ellas yo simplemente quiero vivir. Trabajo, estudio, disfruto con mis seres queridos, salgo a la calle, utilizo el transporte público, camino en los alrededores de donde vivo, camino por la Universidad…aunque parezca que son escenarios seguros, no lo son. No cuando en esta sociedad no se entiende que una puede andar por ahí sin la necesidad de tener al lado una escolta de hombres de confianza, porque sólo se nos respeta, al parecer, acompañadas de figuras masculinas. A veces ni así.

     Si a usted de verdad le genera dolor pensar en el sufrimiento de otro Ser Humano, si no quiere ser cómplice de agresores y asesinos, si no quiere mancharse las manos de sangre: ¡Basta ya! Basta de pasar fotos íntimas de personas (los famosos packs) sin su consentimiento porque “es lo que hacen los compas.” Basta de reírse de chistes sexistas “porque son inofensivos.” Basta de opinar sobre el cuerpo de mujeres a las que no conoce, con detalles sobre qué les haría si pudiese, porque la verdad es que no nos importa, nos da asco y temor. En días como estos, tan pesados, tan cargados de nombres, tan densos: sobre todo ASCO.  Porque ese acoso viene de un ser inseguro, cobarde, que necesita disputarse el poder en la calle a costa de atemorizar. Que niega su poder sobre sí mismo: el poder de controlarse.

     Basta de referirse a las compañeras del trabajo o del estudio, las vecinas, las mujeres en general, como si fueran cortes de carne. Basta de aprovecharse de espacios de confianza para “ver qué saca.” Basta de utilizar las fiestas o reuniones sociales para meterle licor de más a alguien “porque así me la ligo y capaz afloja.” Basta de quedarse callado o ser condescendiente cuando cualquier hombre de su círculo –sea de la extracción social que sea- se refiera a una mujer como un artículo porno traído a la realidad. Basta de pensar que esto es normal. Porque si a usted de verdad le parece grotesco, le parece chocante, que a Carla, Arantxa, Gerardita, Cassandra, Sonia María, Mariana, Karen, Rita, Martiza, Kimberly, María Paula y a María Trinidad las asesinaran, si se quiere desmarcar de los asesinos tan bajos y despreciables, si se reconoce como alguien integral y diferente, aunque usted no dispare el gatillo, entierre el puñal, asfixie con la almohada que comparten o golpee hasta la muerte a una mujer, al perpetuar esta forma de vernos como “cosas”, usted extiende el mensaje equivocado: usted le pone la mano en el hombro a un violador, a un asesino.

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