Las palabras pesan.

Aclaración preliminar y fundamental: este texto no pretende profundizar en economía. Es sobre una palabra en particular. Las preguntas que espera atender no irán a más, no irán a menos.

“…Vacío, desocupado.” “…holgazán.”, “…qué no tiene objeto o fin.” Todo eso se remite a ser vago…o vaga (según el diccionario). ¿Cuántas veces nos habrán pintado con ésta palabra? Si me conoce –BIEN- sabe qué me cuesta un mundo quedarme quieta. Aun así, por A, por B, por C: vaga. Incluso en la tradición de algunas señoras no tan mayores, el “¡ay qué vaga!”, “¡ay qué vagancia!”, escapa ante un gesto de ternura…pero avancemos, que el cómo usamos las palabras sin mucho cuidado o con mucha ligereza no es el tema… ¿o quizá sí?

     Hace 11 años participé de distintas y activas maneras en manifestaciones públicas contra el TLC con los Estados Unidos. Junto a socarse a aprobar Cálculo, Química II, Humanidades, varios laboratorios, Geología y otras responsabilidades, también supe lo que fue estar en un bloqueo en la carretera frente al edificio de Derecho. Trasnoché estudiando, hice libretas y estudié para quices. Mal comí y mal dormí, pero absolutamente convencida del contenido de mis convicciones, del modelo de sociedad al que aspiro, de profundizar sobre todo en el capítulo ambiental correspondiente al tratado y con la angustia densa por las implicaciones que acarreaba aprobarlo. Con un ideal de una sociedad más justa para todas las personas, fui parte de las y los estudiantes que fueron en aquel momento tachados de vagabundos, chancletudos, peloteros y delincuentes. No estaba vacía, estaba llena: de información y de apremio. No era holgazana: no podía detenerme de tanto que necesitaba hacer; por lo personal y por lo colectivo. Sobre todo, y muy por, sobre todo: con claro objeto y fin.

     Hace 8 años -junto con otro grupo de “vagxs y chancletudxs”- decidí caminar casi 200Km en una semana para llegar a los portones de la mina Las Crucitas en Cutris de San Carlos, como método para combatir un proyecto minero que en definitiva tendría impactos más severos que el desorden que enfrenta hoy la finca donde se pretendía construir (tema éste para un artículo completo, para una posterior ocasión). En aquella caminata recibimos bastante apoyo, sin embargo, nunca faltó el “vaga” en una que otra boca por ahí. Uno de los días empezamos a caminar a las 8am y terminamos casi a las 9pm (¡vaga!), mi rodilla derecha tardó unos tres años en volver a ser “la misma” (¡vaga!), me salieron ampollas en las ampollas de las ampollas (¡vaga!) …era mi semana de vacaciones (¡vaga, vaga, vaga!).

     Hace 3 años (a éste punto les acepto un “necia”; con los brazos abiertos, pero jamás un “vaga”), estuve con un nutrido número de personas en Avenida Segunda, esta vez en defensa de la CCSS. ¿Por qué? Porque me parece absolutamente absurdo que, si alguien no puede pagar un médico privado, la continuación de su vida o el restablecimiento de su salud se vean limitadas por carecer del respaldo de un sistema público. Porque es absurdo hablar de Derechos Humanos si no existe un sistema que respalde el Derecho a la Salud. ¿Y adivinarán? En aquella ocasión también “vaga.” Me salvé por minutos de terminar con el cuerpo lleno de moretones –como les sucedió a dos amigas bajo el impacto contundente de las macanas- y de terminar con un proceso judicial que a algunos les llevó cerca de dos años resolver.

     Esa noche iba para una fiesta. Claramente, por todos los acontecimientos suscitados: una amiga presa, varios otros conocidos también, varias personas agredidas físicamente –incluidas señoras de más de 60 años- y dos filas de patrullas que parecían delinear la Avenida Segunda de “cabo a rabo”, cualquier asomo de festividad debía posponerse. Retomando la definición del diccionario, y reclamando a la ligereza de las palabras: teníamos contenido en las acciones, mucho que moverse, objetivos y fines claros.

     ¿A qué viene todo esto? Se ha querido meter a todos los empleados y empleadas públicas en un saco gigante: el de los vagos, por estar en la actual huelga. Usted puede estar de acuerdo o no con sus métodos, de acuerdo o no con sus demandas, de acuerdo o no con sus ideas. Lo que es un error es señalar a una gran colectividad de personas de vagos o vagas, dejando de lado qué gran parte de estas personas tomaron la decisión que tomaron abrazados a convicciones, con información y decisión, y con objetivos claros; pensando en una sociedad más justa.

      Retomando la aclaración inicial: no pretendo hablar de economía o profundizar en nada sobre la Reforma Fiscal. Tampoco voy a decir que confío en todas las personas huelguistas que salen ante cámaras o conozco las motivaciones de cada una de ellas. Lo que sí puedo decir, es que cuando se etiqueta a alguien de lejos, desde la miopía metafórica –lo dice una miope optométrica- se cae en la ligereza. Si sé de primera mano que a muchas de estas personas las mueve un reclamo por justicia, y están ahí –aunque a algunas personas no les guste- de verdad pensando en mí, en usted, en quienes menos tienen. Mi debate no es hoy si es o no el método o la consigna, todo esto viene a señalar al error garrafal de por un rostro –o un par- desacreditar a un conjunto de personas. Si lo que nos interesa es el bienestar común, lo primero es poner en una balanza la manera en la que vamos a mover nuestras letras. Sucede que PESA. Las palabras pesan.

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