“Los gemelos comen ropa”

Una historia de la tradición oral que no conocía. Un mito, una creencia. Otro sabor más de condimento al picadillo de papa de las abuelas costarricenses en las tardes de “café con lengua”; de la sabiduría de solar: “los gemelos comen ropa”, me anunció la muchacha vecina de San Isidro de Heredia, con una miradilla entre juguetona y cargada de expectativa, la misma de los niños y las niñas al diseñar fantasías. Lo único que a ella le hacía falta era un par de alas de hada de bosque nuboso, o una varita mágica; de las de hada madrina.

Contaba ella que junto a su hermano llegó al mundo por parto natural, con apenas seis minutos de diferencia, siendo ella la segunda en nacer: “-Seis minutos menor.” Eran dos personitas tan, pero tan pequeñas en su sietemesina condición, que sería un error decir que ella era la hermana pequeña. Su madre los protegió con las garras, como una leona, y el día que los celebraron en casa, se encerró en su cuarto y mandó a decir: “-¡Que se vayan todos esos hijueputas! ¡No quiero que nadie me vea los chiquitos!” ¿El motivo? La más mínima posibilidad de una gripe, infección u otro descuido en sus vulnerables gemelos.

Con el tiempo fueron a preescolar. Él, más inmaduro que ella, de pronto se acomodaba con media nalga en la silla de su hermana, y decidía que abrazado a ella seguiría la clase. Al percatarse la maestra, le insistía en que él no podía quedarse ahí, a lo que él medio atendía entonces sentándose en el suelo, junto a ella:

“Yaya, tengo sueño.”

-“Recuéstese en mis piernas Tito, para hacerle piojito.

Así se dormía el niño. Ella después se encargaría de ponerlo al tanto de la lección.

Llegaron a la Escuela, y correspondió enfrentarse a un muchachón de 15 años, nuevo compañero de clase con varios años de retraso, pero cuyo verdadero problema era su costumbre de golpear a los chicos y tironear del pelo a las niñas. Llegó el día en que la mamá de Tito y Yaya les permitió defenderse, y así no fueron solo los gemelos, sino la catizumba de chiquillos y chiquillas de su grado ya hartos y hartas de los abusos, quienes lo emboscaron -zancadilla incluida- y lo llovieron a manazos. Cuenta Yaya, aún no muy alta pero ya una joven adulta, que su mamá conversaba unos días después con unas madres de la escuela sobre el problema de que sus chiquillos; Yaya riéndose sola en medio de la noche y Tito chupándose el dedo, “le comían la ropa” a quienes osaban molestarlos. No fue la excepción el caso del matón de 15 años, a quien su madre cambio inmediatamente de escuela luego de esa revelación, que le aclaraba porque las camisas del muchacho se habían llenado de agujeros.

Yaya llegó a tener su primer novio, y sus primeros llantos y sus primeros enojos al respecto. En cierta ocasión, tuvieron una discusión tan fuerte que Tito la percibió, y el pobre desdichado del novio de Yaya, que sabría lo que sería asustarse esa noche, llegaría a su cama a encontrarse con cientos de hormigas aladas en todo el colchón, las cobijas, las sábanas… Yaya lo asociaría claramente con la cara roja y furiosa de su hermano en acción de defensa. Otro día la “puya” por pagar sería que al mismo implicado, las sandalias le aparecerían reventadas de las correas…“los gemelos comen ropa”, “-Y también rompemos zapatos“, parecía decirme Yaya en medio de su relato.

Pensar que “los gemelos comen ropa”, bien parece pertenecer más al universo de lo mágico, de la ficción. De lo que alguna astuta madre pudo haber inventado años de años atrás para proteger a sus críos pero… ¿Díganme si no les pica un poquito la curiosidad, aunque sea momentáneamente, de hacer enojar a un par de hermanos o hermanas con esta condición de nacimiento y al día siguiente echar un vistazo a sus medias, su camisa o quizá su pantalón?

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