A cuartos de final, por la Costanera Sur

 Calentamiento.

En medio de hermosas y viejas edificaciones con rostro de puerto -guardianas de la historia de la United Fruit Company en el Pacífico Sur- se encuentra la edificación turquesa que alberga las instalaciones de Tracopa (Transportes costarricenses -panameños) Llego a esperar ahí el transporte de las 2PM una hora antes, pues mis anfitriones en Golfito, de igual manera que la mayoría de quienes me leen, no querían perderse ni un detalle del partido de fútbol Costa Rica – Grecia. Si bien es cierto a mí me gusta este deporte, mi mayor propósito al escoger el horario de viaje que escogí, era extender lo más posible mi estadía de cerquita al Golfo Dulce, que bastante había conseguido enamorarme. Por esa decisión hubo quien pensó que yo era algo rara; no se equivocó, pero créanme que así se disfruta diferente. Casi no fallaron las expectativas de un amigo quien me dijo: “¡Si acaso serán seis personas!” Procedí a contar: Dos mujeres con camiseta de la Selección Nacional de Fútbol y la mamá de una de ellas, un pasajero que resultó ser mi compañero de asiento -¡Bien! El que nos facilitó parte de la transmisión del encuentro deportivo vía su celular- otra mujer que a través de sus choques telefónicos en voz un tanto alta nos dejó entender que algún sujeto ya un poco alcoholizado la extrañaba pero ella estaba harta de la existencia de aquella no correspondida creatura, una señora que invocó a todos los santos y santas habidos y por haber “para que protegieran a los muchachos” (seguramente que así se llenaron las otras decenas de asientos vacantes del autobús) y otra mujer completamente apática, que nos veía a l@s demás desde más atrás, con cara de “ojalá-se-callen.” No podría jamás dejar por fuera al chofer, quien amablemente tomó horas después una decisión que alegró aún más el variopinto panorama.

¡Vamos al fútbol!

7 minutos después de la hora convenida, llega a la terminal el autobús. El muchacho de los tiquetes se despide de nosotr@s con la alegría de quien cierra una oficina. Una de las señoras de camiseta y su madre, el pasajero de mi lado y yo, resolvemos con el chofer cómo enterarnos de las circunstancias del partido -¡Oh sorpresa!- el autobús ni radio tiene: “¡Hace rato que se le jodió esa carajada!” Mi teléfono celular no consigue más que sintonizar algunas canciones románticas “de plancha“, así que el compañero de al lado saca el suyo y nos facilita a las demás personas la transmisión del mundialista encuentro. A ratos se nos corta, a ratos regresa. A ratos cambia la transmisión vía Internet por algunos murmullos enredados de radio. A nuestros costados el paisaje tan húmedo, tan verde y tan cálido; como invitando a quedarse para el café. “Nos jodimos” -dice. “Ahora hasta allá por el 37 hay buena señal.” Tras algunos minutos sin información, regresan las imágenes: “¡Gol de la Sele!” Se sobresaltan las dos señoras de nuestro lado. Recibo como si fuera un pase uno de los auriculares. Bryan Ruíz anotó el tanto. Sigo mirando por la ventana: hectáreas de verde, el cielo imponente.

A los minutos, tras un par de pantallazos que se quedaron pegados; casi fotografías de “close-ups” del portero Karnezis, luego del marco costarricense, cae como balde de agua fría la anotación griega. Mi vecino de asiento se obstina con el mismo gesto de un niño al estar perdiendo el juego, suspende brevemente la transmisión del partido y para disimular mi “¡Ah charita!” dirijo la vista hacia el pavimento. Graciosa sorpresa la mía, recibo la solidaridad de las dos señoras del otro lado del pasillo.

Tiempos extra.

Hace hambre y hace sed. El chofer se detiene en La Flor de la Sabana y Uvita nos grita desde todas sus palmeras que nos quedemos. Una efervescencia de hormiguero satura el lugar. Parecía un poco más bien una huelga de choferes. Nos miraban algo atónitas algunas extranjeras que no terminaban de quitar la cara de susto. “Nos quedamos 15 minutos” -dijo el chofer. Al final nos quedamos los tiempos extras y los penales. El lugar era un estadio improvisado y entre tazas de café, budines, almuerzos tardíos y buses que se iban y otros que llegaban hasta el parqueo; un montón de absolutos desconocidos y desconocidas se sentaban en una semiluna frente al televisor, daban indicaciones técnicas a los jugadores a través de la pantalla (momento Poltergeist), palmaditas en la espalda o el brazo al vecino o vecina más cercana o bien alguna pareja de novios aprovechaba la euforia para apretujar cual boa constrictora a su querer, aún en presencia de la observadora suegra, pues de momento todo se valía. De pronto me hallé a mí misma recordando el hilarante “¡Ciégalo Santa Lucía!” ante los tiros que amenazaban con tocar las redes del marco costarricense. Entonces me di cuenta que tenía un poquitín acelerado el corazón. No eran los penales, no era que estuviera a punto de quedar por fuera Grecia: era la esencia de comunidad tan peculiar que palpitaba entre las personas presentes. Aunque no se hubieran visto nunca, aunque nunca se fueran a volver a ver. Para aquellas personas más nerviosas, era prudente poner atención a los gritos de las empleadas de la cocina, que recibían la señal un poco más adelantada. Volver a concentrarse en la pantalla, era nada más para corroborar el carácter festivo o de reproche en los gritos. Termina el partido. La gente se abraza, grita. Dos policías que se detuvieron a ver el cierre del partido se montan de vuelta en la patrulla, ponen a sonar la sirena, el pito, la risa. El chofer de mi unidad nos cuenta como a los pollos, y tímidamente sonríe con la comisura derecha de la boca el agradecimiento enternecido de una de mis compañeras de viaje. Noto que es un señor bastante simpático, a pesar de su casi absoluto silencio. Al verle la cara compruebo que andará cerca de los 60s, suposición que me formulé desde la vista trasera de su cabeza, donde algunos cabellos horizontales parecían guardametas en varios claros que poco a poco se convertían en calva.

Celebración.

Al llegar a Parrita la gente estaba vuelta loca. Serían acaso las seis de la tarde. Incluso un muchacho pegaba brincos fuera de mi ventana ofreciéndome un vaso y whisky. No acepté no sé si porque no me gusta el whisky o porque me parecía increíble. Yo me “recuperaba” lenta de mi propia celebración, cuando minutos antes me deleitaba con las sonrisas de mis acompañantes, incluso la mujer apática del comienzo había suavizado un poco el rostro ¡Ni qué decir de la tarde!… La preciosa tarde que hacía parecer las playas del Pacífico Sur de aguas doradas, espectaculares destellos las olas despeinadas como melenas libres. Los niños y niñas habitantes de la costa pegando brincos y saltos en chancletas, algunos sin camisa; contentos y contentas como ojalá fuera siempre. Vivimos en un lugar precioso, que seguirá acá después del 2014… Hay que defenderlo, y de esto también hay que emocionarse ¡Falso mito que sea para acostumbrarse, la magia que es de todos los días!

Al llegar a San José me descubro en un Tracopa absolutamente desolado ¿¡Y ahora qué hago!? Recuerdo haber escuchado a la señora de “L@s Sant@s” decir que iba para Heredia. La invito a que tomemos juntas un taxi para llegar al siguiente autobús. Me comenta que su esposo viene por ella. Cuando me resigno a continuar sola la travesía, agrega: “-Pero la podemos llevar, si le parece.”

Algo tiene que poder rescatarse del fútbol: rescatar al mismo fútbol de las manos de la FIFA, por ejemplo. Así hacen los niños y las niñas cuando juegan. Así cuando nos movemos como equipo.

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