Cápsula de magia urbana VI

Cuando una sale a la calle, a veces lleva de frente el estandarte de ALÉJENSE. Es como una caja donde nos metemos para salir, un campo de fuerza que mantiene a l@s otr@s distantes y según una, a sí misma segura. En los autobuses, este estandarte se exhibe con la acción de cerrar el paso al asiento junto a la ventana: “lo siento mucho, mi tranquilidad –invisible- va mirando hacia el paisaje.” Una cree que es un mensaje claro e infalible, hasta que llega quien lo quiebra.

Lo miré de reojo detenerse a mi lado, sabiendo yo que el autobús traía aún muchos espacios, incluso de dos en dos. Lo analicé un poquito sin ser muy ruda, por lo extraño que me pareció que decidiera sentarse justo conmigo y algo me dijo que no habría peligro. Se sentó, con una camiseta roja que resaltaba en medio del autobús que crepitaba de frío. Él con sus audífonos, yo con los míos: cada quien en su espacio. Noté que me volvía a ver como si fuera un viejo amigo buscando reconocer un rostro  ausente por mucho tiempo. Opté por quitarme los audífonos, optó por hablar:

“¡Qué frío que hace!, ¿Verdad muchacha?”

Si contara las veces que el clima ha sido la semilla de las conversaciones pensaría que tod@s somos meteorólog@s. Seguimos conversando y me pareció una persona amena, algo inquieto por algún motivo que no me quedaba muy claro. Me dijo su nombre, que toda la vida había vivido en mi pueblo y algunas otras cotidianidades. Al momento de bajarse del bus se adelantó, me esperó en la puerta y me ayudó a bajar. Le agradecí y al momento de despedirme me asusté un poco cuando me agarró repentinamente de las manos y me dijo:

Quédese conmigo 10 minutos muchacha –no había revelado yo mi nombre- 10 minutos conmigo y nada más. A veces uno necesita ser escuchado.

Me clavó dos ojos negros con largas pestañas tan infantiles y tan tristes que supe que si no me quedaba a escuchar, me iba a sentir mal. Nos quedamos en el parque del Carmen de Heredia, donde quizá me había sentado una vez en la vida. Comprobé que eso era lo que él quería: conversar. Giraba de expresiones tristes y perdidas, a estallidos de alegría que ni en un momento ni en el otro se separaban de frases verdaderamente coherentes. Me hizo pensar en Rantes – personaje de “Hombre Mirando al Sudeste” y con cada certeza me tenía que tragar yo el ligero temor que me infundía por momentos su espontáneo “secuestro voluntario.” Juré por momentos que lo iba a ver llorar; cinco minutos después que repartiría abrazos y flores por el parque. Me fui calmando y me dediqué a escuchar:

-“Mi animal favorito es el jaguar. Me parece un animal educado. Educado en su naturaleza.”

Minutos atrás pensé en salir corriendo y ahora estaba ahí, sentada con este muchacho que me contaba diferentes cosas de su vida, quizá la más triste que pude inferir era su soledad. En determinado momento miré mi celular a lo que me dijo con una ternura que no entendí:

-“Ana, no me diga que se va ya. Aún le quedan 4 minutos conmigo.”

Quizá no era tan de “locos” abordar a una completa desconocida en medio del autobús. A fin de cuentas él lo que necesitaba era conversar y le resulté buena escucha. Lo vi transformarse de su frustración de “quédese conmigo 10 minutos muchacha” a un agradecimiento  que no puedo explicar. Cuando pasó el tiempo y me despedí, no tardó en regalarme un abrazo; uno sincero y colmado de gratitud. Yo hubiera querido que Antoine de SaintExupéry viera aquel momento porque yo no puedo terminar de describirlo.

-“La quiero mucho, aunque no la conozca sepa que la quiero mucho. Esto es lo más lindo que me ha pasado. Que nunca se me va a olvidar, ¿usted me va a olvidar? Hoy usted decidió conversar con un desconocido en un parque. Hicimos algo diferente. El peor monstruo, el que se está comiendo al corazón de los costarricenses, es la indiferencia.”

Me acompañó un par de metros hasta la esquina donde cada quien tomaría su camino. No me pidió el teléfono, ni dijo nada extraño que me hiciera pensar que tenía segundas intenciones. Me volvió a abrazar fuerte, como abrazando a una hermana, me agarró las manos, me volvió a dar las gracias y se marchó feliz. Se le había calmado la mirada triste. Entendí que eso nos hace más humanos y es más peligrosa la indiferencia que “ciertas locuras.” Al final yo también terminé sonriendo.

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