En las bolsas del pantalón

     La lluvia, el té caliente, la caída de agua de las peceras, el ir y venir del mar, la neblina: formas líquidas de la tranquilidad, como si cada gota nos hiciera flotar en una laguna glaciar; congelando el dolor en la memoria de la Tierra. Conservándonos.

     Caminaba días atrás sin sombrilla, sintiendo la garúa volverme más una disolución que una muchacha, cuando me descubrí con las manos en los bolsillos del pantalón. Un mezclilla ni tan desgastado, ni tan nuevo; compañero de muchos días bajo el sol y bajo techo. Con andar despreocupado, la espalda tranquila. Relajada. Con las manos en los bolsillos.

     Por estos días -de muchas preguntas y algunas certezas- me suelen pesar los hombros. Es así como quedan ahí mis manos, sostenidas por los bolsillos, como una suerte de chiquilla colgando en una hamaca, impulsándose con carreras cortas de breves contactos con el suelo.

     Me encuentro en un abrazo propio, como si guardando las manos ahí, no tuviera que exponerme a mostrar las líneas de mi “destino”, las historias, los cayos, los lunares en la palma izquierda. Como si de pronto cargara un refugio propio, invisible, impenetrable.

     No se confunda esto con una necesidad de aislamiento o reclusión. Se replica con algunas personas; que quizá sin saberlo, quizá con una consciencia chiquita de su valía, son como los bolsillos en mi pantalón, que me sostienen y me abrigan y me mecen, también como si fueran hamacas y yo tuviera una vez más, edad preescolar.

     Una postura, una parte de una prenda, una sensación. Pudiera pensarse una trivialidad, pero una quiere entender cómo en gestos pequeñitos, en frases cortas, en una sonrisa; hay tanto poder de sostén. Un sostén más fuerte que una viga de hormigón. Es una sensación de bienestar también similar a cuando un abrazo por la cintura termina recibido en el bolsillo ajeno de la parte de atrás del pantalón de un compañero, como si fuera otro espacio de reposo. Similar a la sensación de orgullo, cuando es otra mano la que se apoya en la bolsa que una lleva casi estampada, a pocos centímetros de la cadera, decorando graciosa el glúteo.

     A veces se necesita, a veces hace falta; hace bien, quitar las manos del volante, del teléfono, de la pared, de las barandas y reposarlas en los bolsillos -propios o ajenos. Mecerse en una hamaca, permitirse estar pequeñit@, deshacerse en gotas de agua, no tener porqué enseñar las manos al mundo para que las tomen o esperen algo de ellas. También hay que aclarar que no todos los bolsillos son de tela, ni partes de una prenda; sino respiros cóncavos donde meter por un rato el alma.

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