Cinco y veintisiete (pe-eme)

Anochecer

     Dice el periódico que el sol hoy se puso a las cinco-y-veintisiete-pe-eme. No se le puede creer en todo a los periódicos -más bien casi en nada- así que decidí salir a dedicarle una crónica yo. Me lleve los labios para sentir el viento que se enfriaba, las manos para abrazarlo y tantearlo con los dedos, las piernas para correr como si fuera un gato jugando a esconderse y los ojos como cámaras fotográficas. Me lleve además el silencio y una pisquita de infancia.

     Al final, olvidé llevarme el reloj. No era importante en esta verificación ¿Qué de importante tiene el tiempo mientras una descubre figuras gemelas a las olas del mar en medio del firmamento? Justo antes de anochecer, el cielo se pone más hermoso que nunca. Van a difererir de mí quienes se ponen más nostálgicos con la partida del sol. Yo prefiero ese ténue espacio de luz rezagada; es algo así como la última tortuguita en salir del nido al mar. En este campo abierto puedo ver el cielo cargado de olas y me da por soñar que la lluvia no es otra cosa más que las gotas que salpican después de que rompe una ola en la corriente de resaca. Miro esas olas en el cielo y me siento consumida en el mar, dando vueltas en un remolino suave, dejándome llevar hasta la playa suavemente, sumergida como un ave marina, que espera un impulso para elevarse de nuevo a la superficie.

     Algo tiene esta hora del día que me hace mucho bien. Hay una nostalgia hermosa similar a un abrazo de madre, a un silencio profundo, a un respiro en la selva. Recuerdo un anochecer en Santa Rosa (Parque Nacional de Guanacaste), completamente sola al lado del mar, escuchándolo silbar, contarme secretos, tenderme puentes, llamarme. Mi cuerpo cargado de gotas, el pelo húmedo hasta media espalda, los pies enterrados en la arena. No tenía reloj tampoco, pero el aire estaba lleno de olas y de seguro aquella imagen, se me sembró detrás de los párpados como semilla de cocotero.

     Si alguna vez me ve callada, mirando el cielo, con algún dejo de suspiro en la garganta y los ojos quizá aguados; no es cosa de asustarse, ni de tenerme clemencia. Esta hora del día es una ola que se me mete y me limpia por dentro.

 

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