Cápsula de magia urbana IV

“No woman, no cry,
No woman, no cry.
Oh my Little sister, don’t she’d no tears,
No woman, no cry.”

-Bob Marley

     Así cantaba Luis Ángel Castro ayer en “Al Anochecer” en San Pedro de Montes de Oca, delante de una cortina de lluvia tan densa como selva Caribe y con un perfume ambiental a canela que convertía en un rito la vibración de las cuerdas de su guitarra y el vaivén repetitivo de los meseros entre las mesitas cálidamente engalanadas por pequeñas velas que sudaban luz. Más que un concierto, la escena era lo más cercano a una noche de playa junto a una fogata, viendo dibujarse animales mitológicos y rostros amigos entre las llamas, y disparando preguntas a cada crepitar de la madera en combustión. Una conversación con los acordes y los silencios. Dilución de los tiempos verbales.

   Escucho a Luis Ángel e inmediatamente me remito a “Limón Reggae” y a cómo la personaje principal -en algún momento Aisha– se consolaba de todo escuchando “No Woman, No Cry“, danzando en pleno Limón. Y así una puede sentir que está junto a aquella mujer y recuerda que leía ese libro mientras estaba en la playa, sola con el cuerpo al sol, fundiéndose con el mar. Pensando en la vida y en la muerte.

     Viajo un par de horas más temprano y recuerdo el mensaje de uno de mis amigos convocándome a cantar. Karaoke. Ni más ni menos que karaoke. Una entiende entonces ese valor curioso y simpático que es la amistad y se da cuenta de lo solidario de su amigo que se arriesga a realizar tal empresa de escucharla a una cantar. Y en público. Eso es de herman@s. Y así fue que me convertí en Cerati y en Fito Páez en “Las Tunas” mientras la pelirroja cumpleañera le canta a un muchacho de blanco -único varón en una mesa de mujeres- “Quiero que me hagas el amor” de Ednita Nazario, mientras se le encima. Ella dueña de la noche y el nervioso como un flan. Claramente yo tenía que ser Gustavo cantando “Persiana Americana” y Fito en pleno “Volver a Mí. Nadie notaría si yo fallaba la letra o cambiaba la entonación. Haber escogido algún otro u otra artista pudo haber sido una condenación al ridículo. Así canté a mis anchas.

     En una visita al baño de mujeres -siempre me generan curiosidad en los sitios nuevos; una ha leído de todo en sus paredes- me encuentro con una señora. Minutos atrás la había visto en una mesa donde un habilidoso señor había interpretado “La Copa Rota” de una manera que Andrés Calamaro se hubiera tenido que callar. Una señora bonita, de unos 50 y tantos años, chiquitita y blanca. Toda de negro. Irónicamente de negro. Elegantemente de negro. Ataviada con la seriedad de un equilibrista en pleno acto a 30 metros de altura. Yo me peinaba al espejo, cuando ella me empezó a hablar. No tengo mucha claridad ahora de cómo empezamos a conversar pero supe entonces que venía de un funeral: otra mujer más o menos su misma edad. Amiga querida.

-“A ella no le gustaba eso de la gente llorando. No quería gente triste y apagada. Ella quería que esto fuera así. Ella quería mariachis. A ella lo que le gustaba era esto; la fiesta, los tragos.

     Impávida ante esas declaraciones me dejo los colochos y la cara lavada en paz -la única mujer sin maquillaje en aquel lugar; para seguir desentonando aparte de mi intento frustrado de intérprete de rock argentino- y le dirijo mi rostro, mi cuerpo se gira y la dejo continuar.

Nosotros somos los de la mesa a la par de la entrada. Allá están. A ratos llorando, a ratos se ríen. A ratos toman. Ella no quería gente triste. Ella había pedido que nadie llorara. Ahí los hermanos sacaron guitarras, tocaron varias canciones y ahí estamos cantando.”

     Le miro unos bonitos ojos pequeños, esos que suman la ternura de una mujer con el pasar de los años. Todo esto me lo dice mientras sostiene la puerta y tiene medio cuerpo ya dentro del recinto del servicio sanitario, y me sigue mirando fíjamente, con una confianza que no comprendo, pero que no es la primera vez que miro de frente. Suelen pasarme estas cosas. Atino a escucharla más de lo que puedo decirle, total que la mayor parte del tiempo lo que necesitamos es escuchas, el ruido es una especie plaga. Aparte de un par de frases le digo: “Sí, allí los ví señora. Canta muy lindo su esposo. Muy bonito de verdad.” Le vira un poquito la cara de la tristeza hacia el orgullo. Un orgullo enamorado. Me dice: “Sí, él canta muy, muy bonito ¿Verdad?

     Un par de frases más nos despiden. La noto contenta de haber establecido ese contacto. Me siento feliz de que quiera compartir conmigo esa conversación. Mi cara lavada quizá le dio la sensación de hablar con otra mujer con la que se comparte la casa en un espacio de tertulia matinal, de esos antes del desayuno. Se nos empañó el espejo del baño de naturalidad. Natural el agua -a pesar de estar entubada y con cloro-, natural la muerte. Natural personas compartiendo, conversando.

     Salgo del baño y regreso a mi mesa. Mi amigo está por cantar “Aprendizaje” de Sui Generis. Creo que me tuvo piedad y se solidarizó en eso de cantar canciones que no calzaban tanto con el espacio. Nos fuimos poco después para “Al Anochecer“, le sonrío a la señora que me mira mientras parto.

     Ahora regreso y Luis Ángel canta “No Woman, No Cry.” Apenas me alejé un par de versos a la memoria de “Las Tunas” mientras un Calypsonian invitado ingresa por la puerta con un onomatopéyico “pau, pau, pau, pau” en el aire. Minutos después interpretarán Puerto Viejo. Luis desde la tarima, el Calypsonian de la voz tersa desde la barra -sin necesidad del micrófono.

     Yo pienso en la señora de hace unas horas. Recuerdo además que me contaron una vez que en algún lugar en Limón, cuando alguien muere, se arman mesas de tablero (damas) y picheles de agua’esapo y otras bebidas. A veces aprende una más cantando y escuchando cantar que en enciclopedias y aulas universitarias.

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