Graffiti por Plaza Tahir

A pesar de los vítores, de la pólvora que trata de copiar a las estrellas, de las miles de personas tomando las plazas, las calles; no sonrío cuando pienso en Egipto. Leo “Tahir” y automáticamente se me vienen a la cabeza, como en un desfile de luciérnagas tristes, las decenas de mujeres- cada una más lastimada que la otra- víctimas de las violaciones por pandillas en ese país. Narraciones de terror de trescientos tipos acosando a una sola mujer; asediada, humillada, disminuida, inmovilizada para ser agredida. Una violación tras otra, una mordaza peor que cruel; donde la manera de sacarlas de la política, de las calles, es además una cicatriz de carácter “moral” –según su contexto- que las estigmatiza con la misma frialdad que una estrella de seis puntas, el mismo sadismo que una cruz, el simbolismo intrínseco de una flor de lis según Alejandro Dumas: todo por ser mujeres. Por tener ovarios, útero, pechos. Marcadas para siempre por filas de pendejos, que surgieron en forma de óvulo desde un ovario, se albergaron nueve meses en un útero y de no ser por un par de pechos maternos, no habrían alcanzado a prolongar sus signos vitales tan siquiera los primeros meses de vida.

 Pienso en un violador; en una violación, y se me vacía de aire la cavidad del estómago. Ahora ¿Decenas? ¿Uno tras otro? No quiero ni pensar en el asco que se puede sentir. No me lo puedo ni imaginar. No quiero. Se me revuelve el estómago.

Un nudo en la garganta tiene voz de mujer; que aunque hable un idioma distinto al mío, me comunica un dolor que no entiendo muy bien de dónde se origina justo ahora, si en este momento estoy sentada, segura en casa, con el calor propio del hogar, plácidamente descalza. Incluso escuchando música. Pero pienso en “Tahir” y el cuerpo y los pulmones se me llenan de polvo. Imagino en el aire el aroma pestilente de todos esos sudores ajenos, indeseados y arrugo el seño en un gesto de náusea. Imagino las manos dentadas de los infractores, sus miembros repulsivos, inmundos; intrusos. Sus caras deformadas, perversas ¿Y qué hacer? ¿Cómo arrancárselas de las manos? ¿Cómo tumbarlos? ¿Cómo volverlos hermanos en lugar de degenerados repugnantes? ¿Cómo cortarles las lenguas a quienes incluso abren la boca para mandarlos a “actuar”? Tantos “cómos” y yo acá gritando a través de los ojos, de las manos, de mi boca y una mueca: ¡Que mierda! Que mierda, porque esto debería ser noticia, deberían moverse las organizaciones de derechos humanos aquí, allá y dónde sea para solidarizarse con ellas, deberíamos todos y todas enterarnos y repudiar lo que pasa, ya sea presencialmente o al menos en gesto fraternal que acuse, demande y exija. Pero nada. Tanto silencio. Como si no estuviera pasando, y pasa. ¡¿Y qué más querrían ellas que esto no pase?!

Lo que sucede en Tahir no es restringido a un proceso en Egipto ¿Cuántas mujeres sufren estos abusos a diario? ¿Cuántas violaciones? ¿Cuántos femicidios? ¿Cuánto hostigamiento sexual? Y probablemente sea así en todos los países del mundo. Más o menos públicamente. No porque no haya sangre, muerte o violencia física no quiere decir que haya países exentos. Antes que mirar cualquier estadística habrá que preguntarnos propiamente a nosotras, en cada región, si alguna vez hemos sentido una amenaza que sabemos que ha venido con nuestro nacimiento como mujeres. Estoy casi segura que todas, por alguna u otra razón, tenemos alguna manera de expresar un “sí.”

Me encontré por estos días un artículo que hablaba de prácticas culturales que ponían en riesgo a las mujeres, muchas ya algo expuestas a las distintas latitudes mundiales: las mujeres Jirafa de Tailandia, los pies vendados de las mujeres en China, la ablación de genitales. Caracterizaba el artículo estos procedimientos y me pareció interesante hasta que me topé con la frase “esas tribus primitivas incivilizadas”. Un momento. Si bien es cierto estas prácticas me pueden parecer más ortodoxas, probablemente por mis raíces, tampoco es que las sociedades “occidentales” seamos un ejemplo del respeto a la mujer. No sé ustedes pero yo estoy harta de un montón de nuestras “civilidades.” Desde un desodorante que nos expone en sus “graciositos” anuncios como si fuéramos cardúmenes de peces ansiosos de caer en redes de pesca -que valga de paso decir, ha generado que pierda atención en muchachos si llego a enterarme que son consumidores de dicho producto- a contraportadas de periódicos que parecen la publicidad de una película porno con frases que asocian a las mujeres más con cortes de carne que con seres humanos, a la exhibición de un mundo paralelo donde solo las mujeres cocinan o asean; siempre sonriendo, por supuesto. Harta de que estúpidos en puestos políticos externen posiciones como “el hombre hace todo lo malo, incluyendo a la mujer” (Ernesto Chavarría, Asamblea Legislativa.) Cansada de que incluso otras mujeres caigan bajo el engaño de revistas “nuevas” y “diferentes” donde igual las historias retratadas terminan contando del “galanazo” que engaña a la esposa con su amor muy moderno como si fuera una súper historia. ¡A ver si fuera al revés!

Cómo no va a estar una cansada si le ha tocado vivir en carne propia aquel lema de “para ella las culpas, para él las disculpas” y ser retratada como una puta –entiéndase acá no como profesión, sino como expresión despectiva. Nunca olvido aquel texto que una vez leí por ahí de mientras una “zorra” es una “mujer fácil” un “zorro” es un chavalo muy “carga.” ¿Cómo no va a llegar una a hartarse? ¿A querer pegar cuatro gritos? ¿Cómo no se va a alterar cuando todavía se ríen algun@s cuando alguien exclama al cielo que el machismo; que la misoginia, existen? Siguen creyendo que estamos bajo las mismas reglas del juego. Pero en la mayoría de los casos “para ella las culpas y para él las disculpas”, y ellos: “no sabían lo que hacían, habían bebido o estaban confundidos” mientras ellas: “son unas zorras, no valen la pena, traidoras. Falsas. Falsas”, ¡Por un carajo! Lo único falso acá es hacer del 8 de Marzo una fiesta, cuando debería ser una jornada ardua de reflexión. De denuncia. Vuelvo a pensar en plaza Tahir, y vuelvo a repasar lo nefasta que me resultó la vez que escuché que “la infidelidad del hombre es menos mala que la de la mujer porque…” Y regresa la náusea. Porque desde esas “pequeñas” afirmaciones se empieza. Porque para algunos, esa es una licencia que termina por dejarse permitir que el asesinato de una mujer sea menos que el asesinato de un hombre, en algunos contextos.

Imposición de una imagen como otra fuente de violencia

Me enferma la publicidad. Me enferma que para estar bonita hay que estar delgada. Ojalá ser rubia y de ojos claro, porque además de asesina la maldita publicidad es ladina. Además hay que estar depilada siempre; porque las mujeres no pueden “estar peludas”, mientras una puede ver andando tranquilos por ahí a chavalos que no tendrían ningún problema para enfrentar un crudo invierno, por el propio pelaje. No es un “berrinche” por algo tan simple como andar lampiñas las piernas, de hecho que me gusta remover el vello de mis piernas cuando utilizo una falda o un short. Lo que me molesta del asunto y también conmigo misma, es la pena que una llega a sentir si por algún motivo no da tiempo de hacerlo y se tiene que salir así ¿Pena de qué? ¿Por qué? ¿A qué edad se me metió en la cabeza que el vello era algo de vergüenza? Quizá cuando en el pinche televisor salió la chavala de piernas radiantes a la que el sujeto que la abrazaba la quería por eso: piernas tersas. Aunque el otro exhibía sereno sus mejores evidencias de nuestro carácter mamífero.

Además de revisar los periódicos o la televisión o las vallas publicitarias, me haré recorrido por mi propia geografía en colecta de evidencias. Ya hablamos pues, del tema del vello, que aplica no solo para piernas sino además para pubis y axilas. Si me voy a las caderas: estoy “jodida.” Resulta que ningún diseñador europeo de esos que nos recetan en las revistas de los salones de belleza me tomaría en cuenta para andar sus trapos. Y si por algún motivo no puedo realizar ejercicio muy periódico y el trasero no está en su mejor condición estoy jodida también. Porque resulta que hay que ser firme. Lo irónico: si estoy firme igual estoy jodida, porque no falta el IMBÉCIL que a través de la ventana de un vehículo se tome la “gracia” de gritar una barrabasada que estoy segura que si se le gritan a su madre, él mismo los castraría con un palillo de dientes. En la cintura dan vueltas todos esos anuncios donde para poder disfrutar del verano, hay que cumplir ciertas condiciones ¿Y si no? Jodidas también. Si subo a los pechos, no basta con tener dos, sanos; sino que además hay que emular bolas de fútbol, como para complacerles a los hombres alguna carencia infantil del balón que le negaron un Diciembre por mal comportamiento ¡Qué sé yo! Lo que yo sé, es que me ha tocado escuchar alguna vez a un par de IDIOTAS decir al tomarse unas fotos con una muchachas prefabricadas en las afueras de un concierto: “Mae, hay que aprovechar acá porque uno se devuelve a la casa y la doña está horrible” ¡Par de cerdos! Con la disculpa expresa de mi parte a los miembros del grupo porcino por tan desagradable comparación. Me voy a mi pelo. Lo resumo en que me reconcilié con los colochos a los casi 22 o 23 años, porque todas las novelas mexicanas y las protagonistas del 90% de las películas, además de rubias eran lacias. Me acuerdo de uno de los “piropos” más “creativos” que me han dado: “Muchacha, usted me recuerda a la novia de mi mejor amigo; de la que estoy enamorado. Sólo que ella es rubia y usted tiene mucho volumen ¿Por qué no se hace un tratamiento para el volumen?” Desearía ser menos cortés de lo que suelo ser y haberle respondido: “¿Por qué no vas y te operás del cerebro?

            Suma de las Partes

Estúpidos que se creen con el derecho de mostrarle el pene a las muchachas cuando detienen el carro para “pedir una dirección”, tarados que se creen con el derecho de abusar de la autoridad que tienen para conseguir favores, mentecatos que creen que una quiere  que le agarren una nalga o un seno en media calle solo porque sí, idiotas que creen muy gracioso que el amigo o ellos mismos le pongan el cuerno a la pareja pero que se convierten en jueces ávidos de lo que ellos piensan es “justicia” si el caso es al inverso; los que pagan por la trata, los que reducen una mujer a su sexo como espacio físico; aislado de su humanidad, que la convierten meramente en un objeto. Y no es tan difícil ni hay que ser demasiado “entendido” para ver qué cosas son de repudiar, basta con preguntarse ¿Le gustaría a usted que eso lo haya tenido que vivir su madre (o en su defecto, la persona del género femenino más cercana a sus afectos)?

Todo es una espiral. Todo esto se conecta. Desde lo más “inocente” hasta los gritos de dolor y sufrimiento en la Plaza Tahir. Porque unas cosas van poco a poco normalizando a las otras. Porque es más evidente lo grave de lo que está sucediendo allá cuando se logra ver, que las mujeres –quizá hasta históricamente como se propone en Caótica Ana– estamos interconectadas por este pesar. Podríamos detenernos a hacer un análisis en la historia, pero será en otro momento. Esto de hoy es una descarga, una suma de acontecimientos. Una espiral.

            Me queda a todo esto un grafiti de esperanza. Así es. Un graffiti. El pasado 25 de Junio, en medio de la manifestación nacional de descontento por diferentes temas en Costa Rica, me quedé inmóvil ante la acción de un amigo –de quien por razones más que obvias en este mundo donde a este punto más de una de las personas que está leyendo este texto puede pensar que soy una resentida (mal por usted sí ese es el caso, bien por mí porque logré el efecto de mover “algo”) no daré su nombre. Lo vi con una rapidez de golondrina lanzarse al muro del tal localucho ese donde las muchachas son otro producto más del menú junto a las alitas “barbecue” –quien no lo note se justifica. Con un “spray” verde sentenció: “El machismo mata.” Quizá las muchachas que ahí trabajan no se van a poner a pensar en todo esto que hoy me dio por garabatear, pero ellas –racionalmente o no- son parte de todo este entramado donde la mujer pasa a objeto, a producto, a “menos.” Pero la cuestión es que detrás de ellas; o arriba en escala de dominación, hay alguien que gana mucho, mucho, mucho dinero a partir del concepto de esta cadena de restaurantes. Vuelvo a ver a mi amigo, y leo “El machismo mata” y quiero abrazarlo y decirle ¡Gracias! con todas las fuerzas que tengo. Porque a pesar de los idiotas, los mentecatos, los estúpidos, los tarados, los jueces/ parte; existen los compañeros solidarios. Los que van al lado. Sin sentirse más. Esos muchachos; esos hombres, que con una gritan ¡Mierda! Ante toda esta putrefacción. Que entienden que todo este circo tiene que parar. Que más allá del discurso y una imagen “políticamente correcta” del “buen partido”, son hermanos.

Una de las mujeres violentadas en plaza Tahir señalaba que los niños habían crecido mal, que no habían sido enseñados a crecer como compañeros. Pero los hay. Y estamos nosotras a quienes nos duelen ellas. Y están ellos que también sienten ese dolor y lo viven, no se quedan en el discurso.

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3 respuestas a Graffiti por Plaza Tahir

  1. Ursula dijo:

    Gracias Ana por este artículo. Me conmueve. Ursula

  2. uli dijo:

    Leer el artículo ya te hace sentir tan mal, vivirlo? Sobreviviría?

  3. theunexpectedplan dijo:

    Reblogueó esto en theunexpectedplany comentado:
    Una maravillosa reflexión de alguien admirable.

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