Como el musguito en la piedra

Volver a ser de repente
tan frágil como un segundo,
(…)
eso es lo que siento yo
en este instante fecundo.”

-Violeta Parra

Sabía plenamente que entrar por esa calle sería morir. Y así lo hizo. Se entregó a cada rama, a cada paso, a cada rastro del tiempo. Reposo su cuerpo sobre las briznas del jaragual, las más tiernas. Y murió. Entonces se encontró dentro del canal de parto de aquel lugar: 11km de nacimiento. 11 km sola. 11 km caminando. Al caer la tarde, cuando todo era dorado: las tiendas de acampar, la arena, las urracas, el mar, el cielo: ella nació. Frente al mar no existían nada más que ellas dos; juntas -como siempre- como desde hace 15 años. Su nueva piel había sido tejida suavemente al calor del sol de las 4.30 de la tarde.  No podía olvidar eso nunca jamás.

El calor de ese atardecer se le metió por dentro y ahora la movía como un motor incanzable. Los ojos se le llenaron de verde, de azul, de anaranjado, de todos los colores de aquel paraíso; quitándole por fin la expresión perdida. Un aliento a madera fuerte -parecido al ron- se le instaló en la pasión y en cada centímetro de los besos que vendrían con el futuro. Ella sabía que a pesar de todo, cuando volviera a besar, serían besos con raíces; vivos. Besos de cedro cargado de flores de madera.

La brisa la moldeo. Poquito a poco le acarició las piernas, le arrancó los dolores. Le peinó los rizos y la arrulló mientras ella sentada sola frente al mar se dedicaba a escuchar los cantos ancestrales que solo La Mar canta. Algunos que solo las mujeres conocemos. Los cantos líquidos de nuestra fuerza que fluye con el tiempo, la misma que en un río somete a las piedras al sútil desgaste por el agua. Por momentos se le salía el agua de los ojos, pues estaba rebalsada y se ahogaba un poco, pero ella sabía que había hecho bien de regresar a la Mar y devolverle esas cuentas de agua salada. Y cuando tenía que llorar lo hacía: sin ninguna pena ni reparo, sin ahorros. Lloraba y ya. Y entonces la arena se convertía en una cobija y la envolvía completa, hasta que la noche misma se encargaba de cargar su cuerpo pequeño en los regazos, llevarlo a la tienda de campaña y dejarla dormir hasta el otro día.

Subió y bajó por las caderas de su madre. Fuertes y de colores y llenas de seres de las más diversas bellezas. Llegó a la punta de uno de sus pechos y desde ahí se quedó por horas y horas viendo el mar. Ahí el viento era más fuerte, como veleros que se le metían al pecho llevándose cargas y trayendo sueños. Miles de veleros le cruzaron todo el cuerpo, desde sus pies cansados hasta la punta de los colochos. Era parte del acto de amor más puro y universal: la Dama Bruja la había acogido completa, amorosa, madre y la tenía en un Edén enorme, jugando, corriendo, saltando. Tenía 5 años el día que se despidieron: -“Nos vemos en Abril o en Julio. Volveré fuerte y estarás orgullosa.”

Un par de días de reposo eran necesarios para que se pusieran fuertes las alas que le habían brotado como botones de orquídeas debajo de los hombros. Luego de eso se marchó al Sur, volando. Allá se posó sobre las memorias, y a ratos sintió el frío del recuerdo pero pronto se abrigó en la chicha; que con toda la fuerza del origen, del continente y de sus ancentras, le calentó el pecho de infante y la fortaleció más.

Se lavó el cuerpo con agua helada del río; de la madre Tjer, que sabía de su origen y su destino, y la abrazó y la cargó para transportarla de poza en poza, de casa en casa, de risa en risa. Ella sentía estirarse sus piernas, abrir más sus ojos, extenderse las alas. Un estado de vivacidad y alerta, de gata manchada y salvaje, de sangre fluyendo le hicieron saber que crecía. Trece años, quince. Ya era una mujercita.

La noche final había que llenarse de fuego. Cantó con los suyos por horas y horas, al lado de amigos que la habían visto llorar y reír, y ahora estaban felices de verla crecer. Ella dejó las piernas junto al fuego. De fuego se llenó los ojos. Sentía la tibieza de encenderse por dentro; aún de madrugada en medio de la neblina espesa. Sentía la cálidez de las llamas que alimentaba poco a poco con trozos de madera, rozarla completa, las piernas desnudas fueron su mejor sentido. Solo existían ella y el fuego, y esa noche, como un metal puro y brillante, se dedicó a forjarse el alma y se hizo una estrella y se la amarró en una trenza pequeña que se llevó cuando llegó el momento del regreso. Ahora tenía 15 años, algún día llegará a ser eterna; de nuevo.

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